Buenos Aires: 42 años, 42 kilómetros y una vida en la que valió la pena quedarse

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Por Giselle Rueda Di Bello

Hay coincidencias que parecen demasiado perfectas para ser casualidad. Cuando supe que el Maratón Internacional de Buenos Aires tendría su edición número 42, el 42 dejó de parecerme una coincidencia y se convirtió en una especie de devoción: tenía 42 años y quería correr 42,195 kilómetros en la edición 42 de un maratón. Pero para llegar a esa línea de meta tuve que recorrer primero una distancia mucho más larga: la de mi propia vida.

Durante muchos años fui una persona sedentaria. Mi relación con los hábitos saludables, el deporte y el cuidado de mi cuerpo estuvo lejos de ser la ideal. Hubo excesos, algunas adicciones y etapas en las que vivir bien no parecía una prioridad. Después llegó el cáncer y, con él, una etapa de mi vida también atravesada por la depresión. Sobreviví a ambos, pero hubo momentos en los que sobrevivir no significaba necesariamente sentir que estaba viviendo.

Cada kilómetro del Maratón de Buenos Aires significó un año de vida para Giselle.

Entonces apareció correr.

No empecé con un gran propósito. No soñaba con un maratón ni imaginaba que algún día sería capaz de recorrer 42 kilómetros. Empecé simplemente a correr y, poco a poco, descubrí que cada kilómetro me devolvía algo que creía perdido: la sensación de estar conectada conmigo misma. Correr me salvó la vida, pero también me recordó que había muchas razones para quedarme: mi familia, las personas que amo y, especialmente, mis pequeños, mi tropita, como los llamo con cariño. Ellos fueron y siguen siendo una de las razones más poderosas para elegir la vida, para volver a empezar y para querer estar presente en ella.

Un año antes de Buenos Aires decidí entrenar para mi primer maratón. Lo que comenzó como un reto deportivo terminó convirtiéndose en un proceso de transformación personal. Encontré en StrydLab una comunidad y una red de apoyo que hicieron que el camino fuera acompañado, y tuve la fortuna de contar con Alejandro como entrenador, quien me ayudó a convertir la ilusión de correr 42 kilómetros en un proceso de entrenamiento, estrategia y disciplina.

Porque un maratón no se improvisa. Los 42,195 kilómetros exigen preparación física, estrategia de carrera, nutrición, hidratación, descanso y, sobre todo, aprender a escuchar el cuerpo y tomar decisiones durante el esfuerzo. Todo aquello que se entrena durante meses termina convirtiéndose en herramientas para afrontar la carrera.

Pero mi mayor entrenamiento no fue físico. Fue aprender a reconciliarme conmigo misma, con mi cuerpo, con mi mente y con mi alma. Después de tantos años de vivir de una manera que no siempre estuvo alineada con lo que hoy entiendo como bienestar, descubrí que nunca es demasiado tarde para cambiar, que el cuerpo puede transformarse y que después de los 40 todavía podemos comenzar algo que jamás imaginamos.

El 20 de septiembre de 2026, en Buenos Aires, cada kilómetro tuvo un significado especial. Corrí con una sonrisa, mirando hacia arriba y agradeciendo, porque cada uno de esos kilómetros representaba un año de vida.

La felicidad de cruzar la meta le confirmó a Giselle que «valió la pena quedarse».

Los últimos seis fueron otra historia. Las piernas ya sabían que estaban llegando al límite, pero entonces aparecieron las voces de muchas de las personas que quiero. Había guardado sus audios para escucharlos durante la carrera y, justo cuando más los necesitaba, se convirtieron en ese último impulso de energía. En esos kilómetros entendí que, aunque yo llevaba el dorsal, nunca había corrido sola.

Crucé la meta con 42 años, después de 42,195 kilómetros, en la edición 42 de una carrera que terminó convirtiéndose en mucho más que un desafío deportivo. Fue una celebración de estar viva.

Mientras cruzaba esa meta pensé en todo lo que había tenido que pasar para llegar hasta allí: el cáncer, la depresión, los años de sedentarismo, los excesos, las decisiones equivocadas, las veces que tuve que empezar de nuevo.

El Maratón de Buenos Aires significó todo para esta corredora aficionada.

Y entonces apareció, con una claridad enorme, una frase que resume todo el camino: Valió la pena quedarse.

Quedarse para vivir, para cambiar, para volver a empezar, para correr.

Porque algunas metas se alcanzan después de entrenar durante un año. Otras, después de entrenar toda una vida.