Por Santiago Pérez
El domingo 23 de noviembre se llevó a cabo la segunda edición de la Media Maratón Bambuquera. Pero, ¿cómo terminó un corredor aficionado de Bogotá compitiendo en la ciudad de Neiva, en el Huila? La historia empieza semanas atrás, en un recorrido casual que hacíamos al finalizar un entrenamiento en el Parque El Tunal, rumbo al norte.
En el carro iba Sergio Fajardo, más conocido en el mundo del internet como FafiRunner. Allí le comenté mi intención de hacer mejor marca personal en 10 kilómetros, y que quizá en una carrera podía buscar ese objetivo. Yo venía de correr la Maratón de Berlín en 3:03, y quería que toda la base aeróbica construida en esa preparación aplicara a una carrera corta de 10K. Los expertos hablan de la supercompensación de la maratón y de que, en esa fase, también se pueden alcanzar mejoras en otras distancias.
Fafi, sin dubitar, me dijo que en la Media Maratón Bambuquera de Neiva el recorrido era favorable. Lo contaba desde la experiencia: en la primera edición había corrido los 10K y para esta era embajador de la carrera. A mí me llamó la atención porque nunca había ido a esa ciudad, y la competencia se convirtió en una buena oportunidad para conocerla.

Desde que me planteé el objetivo, se me metió en la cabeza romper la barrera personal de los 40 minutos, significaría correr por debajo de 4:00 el kilómetro. Con ansiedad, en cada entrenamiento de pista les preguntaba a mis entrenadores: “¿será que puedo sacar el sub 40?”. Siempre había risas, no por mis capacidades, sino por la ansiedad que mostraba al repetir la pregunta.
Dentro del pequeño ciclo de entrenamiento siempre hay una sesión clave. En mi caso fue un 4000 metros a 4:12 y dos 2000 metros a 4:11 y 4:08 por kilometro. Es un entrenamiento clásico para buscar adaptaciones para un 10K y, hacerlo en la altura de Bogotá, me generó confianza.
La llegada a Neiva
En un vuelo de 25 minutos uno aterriza en la capital del Huila, una ciudad intermedia a orillas del río Magdalena, como muchas de nuestro país. La humedad se siente desde que despresurizan la puerta del avión. Llegué a las 8 de la mañana y no me quedó más que hacer una activación hacia las 10, justo después de reclamar el kit de carrera y hacer checkin en el hotel.
Hice un trote suave y un pequeño reconocimiento de ruta. Solté piernas, vi un pequeño mercado de pescados y un restaurante; no pude despreciar la oportunidad de tomarme una sopa de pescado, que sentía me iba a dar las fuerzas para afrontar la competencia. Finalizada la activación, no me quedaba más que descansar y esperar con ansias la partida de la carrera.

La madrugada previa
Con ansiedad es poco lo que bien se duerme, por lo cual desde las 4 a. m. ya me encontraba despierto. Sabía que, si quería atacar ritmos por debajo de 4:00, debía calentar muy bien. Me dirigí desde el hotel hasta el Parque de los Niños, lugar de salida del evento, corriendo.
Di unas vueltas más hasta acumular 5K de calentamiento, muy parecido al que realizamosantes de una sesión de series.
La salida
Llegó el momento de la acomodación. Vi a quienes se hacían al frente e identifiqué algunos atletas de la Liga de Atletismo de Bogotá y otros que frecuentan la pista del Salitre. Sabía que no tenía posibilidad de correr a su nivel, pero eso es lo bonito del atletismo de ruta y de las carreras populares: en un mismo escenario se encuentran corredores aficionados como uno y atletas que dedican gran parte de su tiempo a esto.
El disparo
Salió la carrera y tenía tanta adrenalina que estuve en el podio… durante los primeros 600 metros. Revisé mi reloj y estaba corriendo por debajo de 3:00. Por un momento pensé que tenía “la realidad alterada”: ese ritmo era imposible de mantener. Entonces me dije: “no puedo perder el sub 40 por ansioso”. Intenté estar cómodo, encontrar el ritmo, correr por debajito de 4:00. Y así fue: me regulé mientras los atletas de rendimiento me rebasaban.

Ahí quedé solo… hasta que me pasó por la espalda la primera mujer, Camila Pachón, ganadora de la primera edición y quien venía a defender su título. Me hizo una seña para conectar y correr con ella, y así fue. Fuimos hombro a hombro, jalándonos, y después yo, con un poco más de fuerzas, la pude halar del kilómetro 3 al 9.
Logramos establecer un ritmo por debajo de 4:00 bastante constante. Allí me di cuenta de que correr junto a alguien es más cómodo, sobre todo para la cabeza. El recorrido de 21K había salido 15 minutos antes, por lo cual siempre se estaba rebasando a alguien; eso genera algo de estamina y motiva a no bajar el ritmo.
El martirio del 10K
Cuando uno corre sobre el umbral, como en un 10K, y en mi caso con pulsaciones máximas de 203, los 10 kilómetros —que parecen una distancia corta— se convierten en un martirio de dolor. Curiosamente uno llega a pensar que una maratón o una media maratón es más fácil de correr.

El final
Finalmente llegué a la meta con algo más de 10 kilómetros: 10.37 marcó el GPS. Paré el cronómetro en 39:36, pudiendo ayudar a que la primera mujer llegara también a meta. Llegué con el corazón en la boca, pero con la satisfacción absoluta de haber roto la barrera de los 40 minutos.
Me fui de Neiva con un récord personal en 10K, una satisfacción enorme, la posibilidad de conocer atletas y personas maravillosas y dos bolsas del mejor café del país.
Agradecer a Julio Sandoval por permitirme, a partir de esta crónica, contar mi experiencia y replicar el oficio de mi madre periodista en su medio.



