Mateo Peña Rueda, nueva alternativa colombiana, lleva la velocidad en la sangre

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Paola Morales / Runningcolombia

Hijo del histórico ciclista Víctor Hugo Peña y de la campeona mundial de patinaje Erika Paola Rueda. Mateo encontró en la pista de atletismo el lugar donde dejó de contenerse para escribir su propia historia. Ya era futbolista profesional, el sueño de muchos, pero un día decidió dejarlo todo, y tres años después, se convierte en una nueva alternativa para la velocidad en Colombia.

A sus 12 años, Mateo Peña Rueda pisó por primera vez una pista de atletismo. No llegó buscando un futuro. Apenas acompañaba a su papá, en Bucaramanga, cuando Víctor Hugo le lanzó una propuesta sencilla: «Vamos a probar a ver cuánto corres en 100 metros». Mateo corrió, y algo pasó…

«Me quedó ahí la pullita», recuerda hoy. «Me quedó ahí como el hervor de esa sensación», agrega.

Después volvió al fútbol. Duró siete años jugando como delantero, extremo, posiciones en las que siempre se mostraba como el más rápido de la cancha. Comfenalco, Real Santander, Alianza Petrolera, clubes en los que siempre mostró esa velocidad que lo caracteriza, pero en la mayoría de los casos nadie sabía muy bien qué hacer con ella.

Y eso lo sabía muy bien su padre, quien tuvo que caer muchas veces y superarse de varias negativas para tener una oportunidad, antes de convertirse, en el 2003, en el primer colombiano en vestir la camiseta amarilla que distingue al líder del Tour de Francia.

Mateo Peña apenas empieza a escribir su historia en la velocidad y ya ha enfrentado a los mejores velocistas colombianos.

«No viví ese momento», dice sin nostalgia Mateo, quien nació dos años después. «Fue después que entendí el golpe, el ímpetu que tiene esa distinción para un ciclista. Que para un ciclista es preferible portar esa camisa que siquiera ganar unos Juegos Olímpicos»…

Pero el apellido nunca le pesó. «Tanto el Peña como el Rueda son dos camisas. Es como cuando yo me levanto y me pongo mi camisa de Peña y mi jean de Rueda. Me gusta cómo me veo. Me gusta lo que me hace sentir», cuenta Mateo a manera de analogía. Su mamá, Erika Paola Rueda, también lleva la velocidad en la sangre. Fue campeona mundial de patinaje y psicóloga deportiva. En esa familia todos vuelan, pero en direnetes escenarios.

Un velocista jugando fútbol

Víctor Hugo lo entendió antes que muchos entrenadores. Mateo jugaba extremo o delantero y corría más rápido que cualquiera, pero desde afuera le repetían lo contrario a lo que un velocista necesita escuchar. «Le decían: tranquilo, mídase, usted no sabe frenar», recuerda su papá. «O sea, le estaban diciendo a un velocista que corriera a media marcha».

Ahí empezó la frustración con el fútbol. Mientras otros armaban el partido en corto, Mateo esperaba balones largos, espacios, metros libres para correr. Muchas veces nunca llegaban. El fútbol le pedía que frenara. La pista, en cambio, le pediría exactamente lo contrario.

Hasta que un día, en Valledupar, con Alianza Petrolera, entendió algo que ya no pudo ignorar. Tomó el teléfono y llamó primero a su mamá: «Mamá, yo me quiero devolver. Voy a empezar a correr 100 y 200 metros». Después llamó a su papá: «Consígame un entrenador allá, que yo me devuelvo».

Mateo Peña ya es un referente de la velocidad en Colombia y escribe su propia historia a pesar del pasado glorioso de sus padres.

Víctor Hugo reaccionó cómo reaccionan los padres que conocen el sacrificio del alto rendimiento: con dureza. Le dijo que él mismo llamara al entrenador, que asumiera la responsabilidad, que diera la cara.

Y Mateo lo hizo y se enfrentó a su nueva realidad. La razón que le dio después, todavía retumba en la memoria de su papá: «Papá, el fútbol para mí no es un deporte. El fútbol es un juego. Y ya no quiero jugar más». Cuando recuerda ese momento no habla de tristeza. Habla de alivio.

Además de entrenar a diario en la pista del estadio de La Flora, en Bucaramanga, bajo las órdenes del licenciado Jhojan Medina Ortiz, profesor del Club Correcaminos de Floridablanca, Mateo estudia en las Unidades Tecnológicas de Santander. Y desde que llegó a la pista, su velocidad comenzó a marcar diferencia entre sus compañeros y rápidamente se empezó a mostrar en el ambito nacional, e incluso por fuera del país.

Mateo Peña, en la final de los 200 metros del Nacional Sub-23, en la que venció a Camilo Redondo (izq.) / Foto: Diego Valencia.

Primero, en los Juegos Nacionales Juveniles, donde obtuvo dos medallas: plata en los 200 metros planos (21.96) y bronce en los 100 metros planos (10.74), con menos de un año de entrenamiento. Después en Lima (Perú), en julio de 2025, durante el Grand Prix Sudamericano Pedro Gálvez Velarde, done ganó los 100 metros, con una marca de 10.73 segundos, y se quedó también con el oro en los 200 metros, con 21.78.

Después vinieron más reconocimientos y medallas, pero fue en el Campeonato Nacional Sub-23, que se disputó recientemente en Armenia, donde logró los resultados que lo pusieron en el radar de la velocidad en Colombia, al punto de quedar seleccionado para representar al país en el Suramericano de Argentina.

En la pista del estadio de atletismo de la capital quindiana, Mateo subió al podio en los 100 metros, al terminar tercero, con una marca de 10.57 segundos. Y en los 200 metros ratificó que está para grandes cosas al lograr la medalla de oro, pese a que recientemente, en diciembre pasado, le practicaron una cirugía en un pie.

Mateo Peña, en el primer lugar del podio durante el Campeonato Nacional Sub-23

En semifinales registró 20.87, el mejor tiempo de toda la competencia, y en la final volvió a ganar, con 20.90, para quedarse con el título nacional Sub-23. Bajar de los 21 segundos en los 200 metros no es una marca cualquiera para la velocidad colombiana, y mucho menos para un atleta que apenas hace tres años dejó el fútbol para dedicarse de lleno a la pista.

«Orgullo», dice cuando se le pregunta qué siente. «Saber que estoy ahí. Que no hay un biotipo ideal para correr, no hay estereotipo. Siempre y cuando uno tenga la disposición, las condiciones y la conciencia de saber que uno está para grandes cosas, todo se puede. Es un orgullo estar en esta generación de oro de la velocidad en Colombia», dice convencido.

Cuando imagina su futuro como atleta, Mateo cierra los ojos y deja escapar un suspiro profundo. Después habla con la claridad de quien ya tomó una decisión hace tiempo: “Mis metas siempre han sido claras desde el primer momento. Siempre se apunta alto, se piensa en grande, se le apunta al cielo. Quiero ir a los Juegos Olímpicos, representar a Colombia y darle al país una medalla en las pruebas a las que me dedico”.

Disfrutar la velocidad

En la casa Peña Rueda, los consejos no llegan en discursos largos. Víctor Hugo prefiere las parábolas: le cuenta a su hijo los errores que cometió como deportista para que él intente no repetirlos. Erika Paola, desde la calma de la psicología deportiva, insiste en no darle más importancia a una competencia que a otra. «La presión lo lleva a uno a cometer cosas erróneas», le dice.

Y Víctor Hugo añade siempre lo mismo antes de una competencia de su hijo: «Relájese. Disfrute. Disfrute de ese momento, de esa oportunidad de pararse en unos tacos de salida. Eso es un privilegio, no todos son capaces de hacerlo. Imagínese, veinte segundos duró esa prueba de los 200 metros. Y hay que verla y verla otra vez para alargarla un poquito».

«Pararse en los tacos es un privilegio y no cualquiere es capaz de hacerlo», le dice su padre, Víctor Hugo Peña, a Mateo.

Antes de despedirse, Mateo sigue con las analogías, pero convencido de los zapatos que se quiere poner, sin importar el pasado de sus padres y el suyo propio. Si tuviera que escoger entre una bicicleta, unos patines, unos guayos o unos spikes, ¿con cuáles se quedaría? No duda.

«Me quedo con los spikes. Que papá se quede con la bicicleta y mamá con los patines. Los spikes representan el más olímpico de todos los deportes, y es algo que a uno le da orgullo perseguir, qué mejor forma de dedicar la vida que haciendo cosas grandes», sentencia Mateo.

Después recuerda que cuando era niño corría con sus padres y ambos le ganaban, y sonríe pícaramente respondiendo: «Ya ahorita ni se atreven. Que vean el humo de la pista. Que se sienten en la tribuna a verme», dice con picardía.

Víctor Hugo, por su parte, además de orgullo, trata de asimilar el momento y la historia que apenas comienza a escribir su hijo. «Increíble que aquí, en mi casa, esté uno de los hombres más rápidos de Colombia. Va en proceso y en crecimiento. No sé hasta dónde llegará»…

Mateo tampoco lo sabe todavía. Pero corre como si el futuro estuviera unos metros más adelante.