En cada carrera se tejen muchas historias de vida, y la de Juan Fernando Latorre es una de ellas. Este super campeón, que estará este domingo en la mmB, nos comparte la suya, una verdadera inspiración.
Por Juan Fernando Latorre
Nací el 15 de abril de 1997 en Bogotá, pero crecí en Girardot, y ahí se me pegó para siempre esa forma de ser que la gente identifica apenas hablo: perrenque, berraquera, y la incapacidad total de aceptar un «no» como última palabra. Pero si hoy soy así, con esa terquedad que me ha salvado más de una vez, es porque dos personas me enseñaron a serlo antes de que yo entendiera lo que estaban haciendo: mis abuelos paternos.
Mi abuelo era el hombre más chistoso que he conocido. No le encontraba, pero a nada. Todo lo resolvía riéndose, inventando, mirando el lado que a nadie más se le ocurría mirar. Me enseñó a jugar ajedrez, pero nunca fue solo ajedrez: cada jugada venía con una lección de vida metida entre las fichas. Si le contaba que me gustaba una niña, me decía «mueva el peón» o «mueva la torre», y de ahí me explicaba cómo pensar dos o tres pasos adelante, cómo no desesperarme, cómo llegar al jaque mate sin apurarme. Con él me reí como con nadie, molesté como con nadie, le conté todo lo que no le contaba a nadie más. Cuando llegué a Bogotá en un momento un poco delicado de mi vida, fue mi abuelo el que me sostuvo, el que me ancló cuando yo sentía que todo se movía. Fue mi consejero, mi segundo papá, mi mejor amigo. Fue, sin exagerar, todo.
Mi abuela hablaba otro idioma, uno igual de fuerte: el de sus postres, sus recetas, un arroz con leche que sabía a qué todo iba a estar bien, una bufanda tejida sin que se la pidiera, un plato calientico servido justo cuando uno más lo necesitaba. Ella me enseñó lo que significa de verdad «juntos hasta viejitos», la disciplina hecha con amor, esa ternura que resuelve más que cualquier consejo. Entre los dos me dieron la misma clase desde dos orillas distintas: que la vida hay que vivirla con el corazón dispuesto, incluso (sobre todo) cuando duele.

Antes de todo eso, antes de Bogotá, hubo agua. La natación fue mi primer gran amor, el que casi, casi, me lleva a unos Juegos Olímpicos. Fui campeón nacional cuatro veces seguidas: 200 libres, 100 mariposa, 100 libres y 200 combinado. Meterme al agua era apagar el mundo entero. Todavía, si cierro los ojos, escucho ese eco raro que queda bajo el agua, los gritos de la competencia llegando amortiguados, la voz de mi entrenador exigiéndome una brazada más, a mis papás gritando desde las gradas, a mis amigos gritando «¡Papacho!», a mis abuelos ahí, siempre ahí, aplaudiendo antes de que yo tocara la pared. Fui, con todo el ego que me cabe al decirlo, uno de los nadadores más fuertes de mi generación, aunque sé que hubo otros, como Nicolás Hermosa, que me sacaban ventaja. Pero el regreso a Bogotá, unas decisiones que no supe tomar bien y unas circunstancias que se me salieron de las manos, apagaron ese sueño antes de que yo pudiera verlo cumplido del todo. Y dolió tanto que un día boté todas mis medallas de oro y mis trofeos a la basura, y me quedé solamente con los de bronce, como para recordarme que nunca había sido suficiente. Hoy me arrepiento de haberlas botado. Pero ese dolor, sin que yo lo supiera entonces, me estaba enseñando algo que iba a necesitar mucho más adelante: a no rendirme, aunque todo se sintiera perdido.
En Bogotá encontré otro refugio: el baloncesto. Llegué a jugar con Gigantes, en la liga de la ciudad, y llegué a cobrar hasta 200 mil pesos por partido. No era el más alto de la cancha, pero mi juego era de piso: me colaba entre jugadores, manejaba doble ritmo, lanzaba de cualquier distancia, tenía una visión de la cancha que me dejaba ver los huecos antes de que existieran. El baloncesto fue mi silencio en medio de esa jungla de cemento, el lugar donde escondí, sin saberlo, el duelo por la natación que había perdido. Hasta que un día, en pleno partido, un tipo de dos metros y noventa kilos me cayó encima en la rodilla y me la fisuró. Salí del equipo por mucho tiempo, y cuando quise volver, correr y saltar ya no se sentían igual.
Entre la universidad, el trabajo y esa lesión, entendí que el deporte no tenía por qué ser todo. Me metí de lleno al mundo de la publicidad y ahí pasé por casi todos los roles que existen: community manager, copy, estratega, implementador de pauta, diseñador, analista de datos, ejecutivo de cuenta (solo me faltó ser el de los tintos). Mi primera campaña fue la del Huawei P30 Pro y su superzoom, y esa campaña me enganchó para siempre con la parte creativa: escribir, conceptualizar, entender esa dupla entre diseño y redacción que a mí me apasiona. De ahí construí historias que hoy me enorgullecen, desde una campaña de ciberseguridad a nivel mundial hasta proyectos que conectaban personas a través de un satélite. No me arrepiento del profesional en el que me convertí. Todavía cargo un sueño pendiente: enseñar publicidad y creatividad en una universidad algún día.
Pero nada de eso me alejó realmente del deporte. Y entonces llegó 2019, y con él, el golpe más duro que he recibido: mi abuelo murió dos días antes de su cumpleaños.

No supe llorarlo. Lo guardé, lo tapé, seguí como si nada, y ese dolor se quedó ahí, agazapado, esperando. Llegó 2020, llegó la pandemia, y en medio de esas cuatro paredes terminé una relación que tenía. Y fue esa ruptura, ese corazón partiéndose de nuevo, la que abrió la compuerta de todo lo que llevaba guardado desde la muerte de mi abuelo. No era solamente estar entusado. Era estar vacío. Era llegar a la casa y no encontrar ese chiste inesperado, ese consejo a mitad de una jugada de ajedrez, ese abrazo que sabía llegar justo cuando yo más lo necesitaba. Pandemia, encierro, ningún propósito visible, y un vacío que se hizo cada día más grande. Y en ese punto, en el fondo más oscuro que he tocado, decidí que no quería seguir. Pensé que cerrar los ojos y dejar que el mundo avanzara sin mí iba a ser más fácil que seguir cargando ese hueco en el pecho.
Fue un pensamiento inmaduro, hoy lo sé. Pero en ese momento era lo único que sentía verdadero. Lo que me trajo de vuelta fue algo que no me esperaba: mi sobrino, que en ese entonces tenía apenas tres o cuatro años, me miró un día y me dijo, sin que viniera a cuento, que yo era su inspiración, que él quería ser como yo. Esas palabras me cayeron encima como un baldado de agua fría. Pensé en mi abuelo, en que tenía que sentirse orgulloso de lo que yo era. Pensé en ese niño que ya estaba siguiendo mis pasos sin que yo lo notara, y entendí que no le podía dar la espalda a mis propios sueños, porque ahora había alguien más mirándome para saber cómo se hace.
Con los años he llegado a pensar que mi abuelo, de alguna forma, se quedó viviendo en mi sobrino. En su manera de acompañar, de estar ahí sin que se lo pidan, de cuidar a las personas (y de cuidarme a mí). Cuando Dani me dice «tío, me alegraste el día» o «tío, hoy fue el mejor día de mi vida», algo se me mueve por dentro que todavía no sé nombrar del todo. Él me regaló una manilla que cargo en cada carrera que corro es mi amuleto. Cuando el cuerpo me pide parar, la miro, y pienso que hay alguien ahí, persiguiéndome, queriendo ser como yo, y eso me hace seguir cuando ya no me quedan piernas.
Apagué el cigarrillo que tenía prendido. Desempolvé una trotadora vieja que arrancaba con pereza, como si también a ella le costara volver a empezar. Y empecé a correr. Corría y lloraba al mismo tiempo, sin poder separar una cosa de la otra. En cada zancada salía algo que llevaba guardado hacía años: mi abuelo, la ruptura, la natación perdida, todo junto, todo mezclado, todo saliendo por los ojos mientras las piernas seguían moviéndose. El día que sentí que ya no me quedaban pulmones para dar un paso más, me detuve, respiré como pude, y me dije: hay que hacer algo.
Volví al gimnasio, volví al baloncesto (esta vez callejero, sin ninguna regla), pero casi todos los partidos terminaban en golpes. Fue mi tío el que, cansado de verme llegar magullado, me retó a correr 5K en vez de seguir jugando a los golpes. Le respondí, con toda la soberbia que cargo por dentro, que correr no tenía ciencia y que yo ya corría todos los días de un lado a otro con un balón en la mano. En la segunda cuadra ya sentía que me iba a morir ahí mismo. Y en vez de rendirme, me obsesioné con ganarle: 5K, 10K, 15K, hasta que el atletismo terminó ganándome a mí.

Nunca me conformo con poco. Volví a nadar después de años. Volví a montar bicicleta después de mucho tiempo también. Y seguía corriendo. Sin darme cuenta, estaba entrenando un triatlón completo sin haberlo decidido nunca.
En 2022 corrí la media maratón de Bogotá. A la semana, 10K en el Festival de Verano. Después, otros 5K a tope. Tres semanas seguidas exigiéndole todo al cuerpo, y cuando finalmente paré del todo, el cuerpo me pasó la cuenta: un síncope cardiovascular por exceso de deporte (el infarto, como yo mismo le digo, aunque técnicamente no lo fue). Los médicos me dijeron que nada de deporte de alto rendimiento, que era peligroso para mi corazón. Les dije que sí, y me inscribí a mi primer duatlón en Bogotá. De mil personas, terminé entre las primeras 50, con un ritmo de 3:50 el km en atletismo, con casi 30k/h en la bici encima. Después vinieron las 12 Horas de TNC, completando 100 kilómetros en equipo. Después, una media maratón en Cartagena, donde conocí el mar por primera vez gracias al atletismo (yo, que crecí nadando en piscina, viendo el mar de frente por primera vez a los veintitantos, gracias a correr). Y muchas carreras más.
Hoy no pienso en ese síncope como un límite, sino como una advertencia que agradezco: cuidar el cuerpo, comer bien, descansar cuando toca. No es una frenada, es apenas una pausa para tomar aire y seguir, porque salir a correr sigue siendo el único lugar donde me encuentro con el mismo silencio que alguna vez encontré en el agua, ese en el que el mundo se apaga y solo quedo yo, respirando, avanzando.
Después de cuatro años corriendo sin parar, voy a correr mi primera maratón internacional, en Panamá. Quiero terminarla por debajo de las tres horas y treinta minutos, y voy a pelear por esa marca hasta que el cuerpo no dé más. Pero si no la logro, de todas formas, voy a cruzar esa meta, porque cruzarla ya es ganar. Mi sobrino todavía no entiende bien qué significa correr una maratón en otro país, pero me dice todo el tiempo que quiere ser fitness como su tío, que quiere ser como yo, y yo, sinceramente, todavía no entiendo qué ve en mí para querer parecerse. Pero sé que él es mi motor hoy, así como mi abuelo lo fue durante toda mi vida. Por eso esa medalla, cuando la tenga colgada en el cuello, no va a ser para mi abuelo. Va a ser para Dani. Porque así es como uno paga las deudas del amor: corriendo, sudando, cruzando metas que antes ni siquiera imaginaba, y dedicándoselas a quien te sostuvo cuando ibas a dejar de intentarlo.



