Esta temporada, cuando se celebran 50 años de unos Juegos Olímpicos históricos como los celebrados en Ciudad de México en 1968, recordamos al estadounidense Bob Deamon y el salto que lo hizo inmortal en la historia del atletismo.
Beamon es recordado por romper el récord mundial de salto largo por 55 centímetros, volando a una altura de 8.90 metros, en salto que es considerado como uno de los cinco grandes momentos del deporte en el Siglo XX.
Robert “Bob’’ Beamon nació el 29 de agosto de 1946, en South Jamaica, Queens, en Nueva York, Desde pequeño demostró facultades para convertirse en un deportista estrella. Tenía una buena estatura, agilidad y rapidez.
Antes de iniciarse en la especialidad del salto largo, Robert practicó baloncesto y pruebas de velocidad. Su mejor registro era de 8.33 metros y llegó a la capital mexicana luego de ganar 22 de los 23 eventos en los que había competido.
A pesar de sus excepcionales habilidades y de haber logrado medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de 1967, en Winnipeg, Canadá, el estadounidense de 22 años no era el favorito para ganar en México, en donde estarían presentes el entonces recordista mundial el soviético Igor Ter-Ovanesyan (8.35) y el campeón de Tokio 1964, el francés Lynn Davies.
Luego de dos saltos nulos en la ronda de clasificación, Beamon logró avanzar a la final en el tercer intento, al lograr una marca de 8.19 metros, en la prueba que se llevó a cabo el 18 de octubre de 1968, alrededor de las 4:00 de la tarde.
En su siguiente intento, Beamon corrió y saltó como no lo había hecho antes ningún atleta. Los aficionados presentes, los jueces y millones de personas que miraban el evento por televisión, contemplaron asombrados la proeza del atleta, quien al darse cuenta de que algo histórico había ocurrido, se abrazó entre lágrimas con sus rivales, antes de terminar en el suelo con un ataque de catalepsia.
La hazaña fue descomunal. Cuando el número fue anunciado en la pizarra electrónica el registro establecía un récord increíble de 8.90 metros, convirtiendo el anterior (8.35) en una cifra lejana.
Algunos expertos atribuyeron la proeza a una combinación de razones: el excelente estado psicológico y físico del estadounidense, la velocidad del viento y la menor resistencia del aire a las alturas.
Sin duda, fue un momento mágico para Beamon. Pues nunca más se acercó a su propia marca y no participó en los Juegos de Münich 1972. Además, desde ese momento, nadie ha podido superar su marca en el marco de unos Juegos Olímpicos de Verano.
El récord mundial permaneció vigente durante 23 años, hasta que su compatrioita Mike Powell estableció la nueva marca de 8.95 metros en el Campeonato Mundial de Atletismo disputado en 1991, en Tokio, la cual a la fecha aún sigue vigente.
Beamon pertenece al Salón de la Fama del Atletismo y es un alto ejecutivo del Museo de Arte Olímpico del estado de la Florida.
Su hazaña en 1968, hace que el nombre de Bob Beamon sea uno de los inmortales en la historia de los Juegos Olímpicos. A continuación recordamos este histórico momento:



